Marginación y trabajo en casa

  • Blog
Escriba un comentario

                                                               

 

 Marcelina Bautista Bautista 

Julia despierta todos los días muy temprano, se arregla, hace el desayuno, prepara la comida del día y después despierta a su hija de ocho años. Las dos salen de casa antes de que aparezca el sol. Tardan más de una hora en llegar a la escuela, después Julia toma su rumbo para el trabajo. Tiene llaves propias, así que entra guardando mucho silencio para no despertar a sus empleadores, una pareja de jubilados que la han empleado por los últimos dos años. Encontrar este trabajo le ha traído calma a Julia, una mujer que nació en Guerrero hace 29 años y se vino a la Ciudad de México hace 11 años buscando una mejor oportunidad de vida y la manera de ayudar a su casa, como miles de mujeres que vienen aquí cada año. El empleo del hogar fue su primera y única opción, pero nunca esperó que se desencadenaran sucesos dolorosos que han marcado para siempre su vida. Abuso y discriminación no solamente por parte de algunos de sus empleadores sino también de la sociedad y el gobierno que a Julia, como a las más de 2.4 millones de mujeres que pertenecemos a este gremio, nos relegan y nos han hecho parecer invisibles por muchos años.

Uno de sus primeros empleadores abusó sexualmente de Julia en repetidas ocasiones, ella no se atrevió a decir nada porque no sabía a quién y porque le creía a él cuando le decía que a ella nadie le iba a creer. Era un hombre divorciado que vivía con sus hijos; cuando supo que estaba embarazada le pidió que se fuera, la culpó de no cuidarse a pesar de que cada encuentro era forzado. Julia tenía 20 años y en esa casa vivió una pesadilla de la que nadie de su familia sabía.

Julia llegó a CACEH (Centro de Apoyo y Capacitación para Empleadas del Hogar) varios años después, con su niña en brazos. Cuando nos contó su historia entendimos que se podía hacer algo y luchamos por devolverle a ella y a su hija la dignidad; hoy aquel hombre paga una pensión para la niña y Julia sabe que no está sola, que puede levantar la voz cuando algo no está bien en su trabajo, entiende que el trabajo del hogar es igual de valioso que cualquier otro y que ella lo es también.

Como Julia, a CACEH han llegado cientos de mujeres con historias de injusticias, abusos y discriminación en muchos niveles. Nadie ve la discriminación, o todo mundo hace como que no existe o no es tan grave, pero está presente todo el tiempo en nuestro entorno laboral. No hay mayor clasismo que el que sucede en muchas casas de esta CDMX cuando se ve de cerca la situación en que vive y trabaja una trabajadora del hogar. Muchísimas de ellas comen en platos diferentes, toman agua en otros vasos, nunca se sientan a la mesa y comen de pie en la cocina. Hace poco supimos de una familia que en un restaurante le dio los restos de su comida a la trabajadora que estuvo tres o cuatro horas cuidando a sus hijos para que ellos pudieran comer tranquilamente. La inferioridad con que nos siguen viendo, en pleno siglo XXI, con la información a la que se tiene alcance, es inaudita. Ni hablar de nuestra condición indígena que es causa de burlas y comentarios hirientes por parte de muchas personas que nos emplean, sus hijos y parientes.

Un problema de todas y todos

Hace algunos años era muy común encontrarnos con mujeres que ni siquiera sabían pronunciar bien la palabra discriminación, la discriminación no era siquiera parte de su vocabulario pero tengo la certeza de que en los últimos años las cosas han cambiado mucho. El nacimiento y fortalecimiento del Conapred ha ayudado a que hoy la discriminación sea un tema que se dice en voz alta, una condición que buscamos erradicar en nuestro país desde diferentes trincheras. En CACEH hemos sido testigos del enorme esfuerzo y del gran trabajo que ha hecho esta instancia para educar y hacerle entender a los mexicanos y mexicanas que la discriminación legalizada no sólo es ofender a los demás sino también desequilibra a las personas que son diferentes.

En el trabajo del hogar hay muchas situaciones de discriminación que son aceptadas y que las propias trabajadoras ven como algo normal. Yo llegué a trabajar a la Ciudad de México a los 14 años, sufrí distintas formas de discriminación y abusos hasta que decidí que no lo iba a permitir más. Me costó mucho tiempo entender que yo y mis compañeras que iba conociendo en el camino vivíamos en un entorno clasista, racista, y que permanentemente se nos discriminaba.

Fue al comenzar con el activismo por la lucha de nuestros derechos que verdaderamente entendí lo que significaba la discriminación. Empecé a darle nombre a algunas situaciones que había vivido. Yo veía normal que las señoras con las que trabajaba usaban su vajilla mientras que yo comía en platos de plástico. Se me hacía también normal que en los días especiales, como Navidad o Año Nuevo, yo me dedicaba a servir la cena en esos platos y copas bonitas, las recogía y lavaba, y después era cuando podía comer en la cocina ya muy tarde. Entendía que esa desigualdad era natural porque ellos tenían dinero y yo no. Pero me empecé a cuestionar, pensaba que no era normal porque todos somos seres humanos. Yo no aspiraba a comer en un plato de loza o a tomar agua en una copa de cristal, pero sí comencé a pensar que por lo menos tendría que sentarme en la mesa y comer a gusto cuando ellos terminaran.

Así empecé a entender qué era la discriminación, una definición que se dimensionó en mi mente cuando comencé a escuchar las historias de las compañeras de CACEH, que, como yo, se habían hecho a la idea de que ciertas conductas dentro de su trabajo eran normales. Y es que crecimos con la idea de que somos pobres y de que lo que hay en las casas donde trabajamos es mejor que lo que hay en las nuestras, pero entonces nos enfrentamos con situaciones que nos rebasan, a fuerza de duras lecciones entendemos que existe el racismo, el clasismo y la discriminación; cuando esto entra en tu mente es cuando entiendes que hay que poner límites. Si la empleadora me grita ofensivamente yo tengo que hacerme respetar, aunque viva en su casa; la señora, y cualquier persona de esa casa, deben saber que no porque me paguen tienen derecho a ser violentos con mi persona.

El hostigamiento sexual en el trabajo del hogar es más común de lo que podría creerse, sin embargo, son pocos los casos que se conocen fuera de las paredes de esas casas. El miedo, la vergüenza y el dolor hacen que muchas compañeras se queden calladas, que se vayan sin decir nada o, peor aún, que se queden por miedo y por esa misma vergüenza. Cuando no se quedan calladas, cuando reclaman y denuncian los hechos pasan por un mar de vejaciones, por la duda de las esposas que creen imposible que sus maridos se hayan acostado con las mujeres que limpian su casa. No hay cosa que hiera más a estas mujeres que darse cuenta de que han vivido aferradas a una mentira, que no son “parte de la familia”, como las han hecho creer, que el cariño es falso aunque ellas sí quieran, sí cuiden y sí crean o hayan creído alguna vez que estaban haciendo una vida familiar.

Somos muchas y no estamos solas

Julia, Isidra, Alma, Marilú, Sofía, Ada, Lupita, Isabel, Elena, María, Francisca, Marcelina, Soraya, todas somos mujeres con un nombre y una familia detrás. Nos hemos alejado de casa para sobrevivir y para darles a nuestros padres e hijos una vida mejor. Muchas de nosotras no tuvimos la opción de seguir estudiando, muchas llegamos a esta enorme ciudad sabiendo muy poco español. Por muchos años y hasta la fecha muchas trabajadoras se tienen que conformar con lo que el empleador decida pagar, un sueldo que en muy pocos casos incluye las prestaciones de la ley.

Las trabajadoras tienen llaves de la casa y llegan y se van muchas veces sin horarios establecidos, lo que resulta muy cómodo, pero no le da beneficios laborales ni derechos. Facilidades también tienen los empleadores que buscan a sus trabajadoras de confianza por recomendación de amigos, van por ellas a sus pueblos, les pagan lo que creen conveniente y hacen caso omiso de las leyes laborales. La trabajadora y el empleador establecen una relación en la que uno ayuda al otro, ellas trabajando, limpiando, cuidando la casa y a los niños y ellos pagando. Las trabajadoras son las que tienen más desventajas porque cuando quieren exigir algo ya no es fácil, ya aceptaron esta situación desde un principio.

Lo malo no está en relacionarse así, con confianza, sino en abusar de esa confianza. Los empleadores permiten sin ningún problema que las jornadas laborales de sus trabajadoras sean de más de 8 horas, parece que piensan que ellas no tienen vida o que la tienen sólo para atenderlos. Piensan que no tienen otras necesidades y las siguen usando para satisfacer las suyas. Cuando salen de vacaciones, ellas son las que prenden las luces de la casa, cuidan a las mascotas; cuando no hay quien cuide a los niños están ellas, o cuando se les hace tarde a los empleadores son ellas las que están ahí para hacer el desayuno o la cena. Los problemas vienen cuando las trabajadoras se enferman, no llegan a trabajar y no tienen un hospital a donde ir y tampoco se les paga el sueldo correspondiente a esos días, o cuando suceden abusos, renuncian y los empleadores se niegan a pagar las indemnizaciones, ni hablar de salarios justos y prestaciones. No hay una ley que responsabilice a las dos partes a asumir sus responsabilidades correspondientes.

La discriminación gubernamental

Todos los días vemos que desde la ley hay una marginación hacia nuestro sector, que es también una forma de discriminación porque no estamos reflejadas, se ha ignorado históricamente el valor de nuestro trabajo. El gobierno solapa nuestra marginación laboral al no querer regular nuestros derechos, a pesar de que hemos demostrado que las trabajadoras del hogar padecemos muchos tipos de discriminación. Y uno de éstos es el que recibimos por parte del Estado que no nos reconoce como iguales en la ley, lo que ha permitido que históricamente no tengamos acceso a un trabajo digno; nuestros salarios los deciden nuestros empleadores, y no la Comisión Nacional de Salarios Mínimos, como lo indica la Ley Federal del Trabajo, deslindándose de su obligación de fijar un salario mínimo profesional para nuestro sector. Enfrentamos explotación laboral, ya que nuestras jornadas normalmente son de 12 horas y no de ocho, nos enfrentamos a despidos injustificados que perdemos por no contar con un contrato por escrito, riesgos de trabajo que nos hacen perder el empleo porque no tenemos seguridad social. Trabajar en estas condiciones estanca nuestro futuro, porque debemos cuidar de otros para que progresen y nosotras no tenemos esa misma posibilidad de crecer. Por eso es que exigimos la modificación a la Ley Federal del Trabajo para equiparar nuestros derechos y tener acceso a la Ley del Seguro Social a fin de garantizar que nuestros empleadores estén obligados a inscribirnos al régimen obligatorio de seguridad social. Creemos que nuestro trabajo debe ser tratado por su justo valor.

Aún hay tiempo

En los últimos años, desde CACEH, con el apoyo de diversas instituciones y ahora con la constitución del Sindicato Nacional de Trabajadores y Trabajadoras del Hogar, hemos tratado de luchar porque esto suceda, porque nuestros derechos laborales sean reconocidos y por visibilizar el tema de la discriminación; hoy podemos decir que hemos avanzado, que estamos mejor que hace 20 años, sobre todo porque estamos unidas. El tema ya está en la agenda pública, y estamos esperando la ratificación del Convenio 189. Tratamos de que el gobierno vuelva su mirada para vernos porque “aún hay tiempo” para que decida ratificar el Convenio para otorgarnos los derechos que marca esta norma internacional (un trabajo digno) como dice la OIT. Eso significa muchísimo porque equiparará nuestros derechos junto a otros trabajadores, aunque también habrá mucha resistencia en la aplicación de los derechos por la falta de cultura de respeto a ello. A veces las mismas compañeras temen formalizar su trabajo porque al exigirlo la amenaza es el chantaje y el despido injustificado, pero ya se sabe que al haber despido también hay indemnización

Juntas vamos aprendiendo, por medio de capacitaciones, a decirle no a las situaciones ofensivas y discriminatorias; aprendemos nuestros derechos y obligaciones, y hacemos que todas las compañeras sepan que valen mucho con su trabajo; ahora hemos entendido que con o sin dinero, somos iguales y valemos lo mismo como personas.

Hay mucho más por hacer. En México hace falta mucho más trabajo en este sector donde poco a poco se ha generado más conciencia sobre la discriminación. Decirle no a la discriminación es decirle sí a nuestra dignidad, esa condición que nos da libertad y que nos hace sentirnos bien con la gente alrededor, esa sensación de sentir que cabemos en el mundo del otro y hacer que el otro quepa en nuestro mundo. El trabajo dignifica, y por eso nosotras seguiremos luchando por tener salarios y condiciones que nos den una buena calidad de vida porque lo necesitamos, lo merecemos, y es nuestro derecho. Seguiremos luchando porque historias como la de Julia no sucedan más y por tener siempre una vida digna para nosotras y nuestras familias.

 

 

Marcelina Bautista Bautista

Marcelina Bautista es una activista por los derechos laborales y humanos trabajadora remunerada del hogar. Fundadora del Centro de Apoyo y Capacitación para Empleadas del Hogar (CACEH). 

 

Texto Originalmente Publicado 

"Por la Igualdad somos mucho más que dos. 15 años de lucha contra la Discriminación en México". Colección Matices Primera edición Octubre 2018
©2018  Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación 

 

0
0
0
s2smodern
Di algo aquí...
Cancelar
Es un administrador
o publicar como
Cargando comentario... El comentario se actualizará después 00:00.

Sé el primero en comentar.